Existe un hombre que colecciona lágrimas. Comenzó en la adolescencia y ya tiene 52 años, pero su colección, basada en ciertos criterios –secretos aunque seguramente rigurosos- no es grande. Un día mientras se dirigía a su hogar, vio como un insecto áptero yacía agonizante en una vereda de la calle Identidad. Tal acontecimiento lo estremeció, la hormiga estaba partida en dos, se movía con dificultad y en los últimos segundos de su existencia, lloraba de su irremediable destino. Sin pensarlo dos veces, Carlos Boloña se arrodilló y trató de apreciar el acontecimiento, sacó de su bolsillo su fiel frasco de vidrio y en el depositó las minúsculas lágrimas.
Aún aturdido por la experiencia, llena de conocimientos y emociones, se levantó con dificultad y gritó al cielo:
- ¡Hormiga del mal, tus lágrimas caen en mi corazón como gotas de agua hirviendo!
- Don Carlos. ¿Se encuentra usted bien? –Juana la vieja chismosa de la cuadra, había presenciado todo desde que Don Carlos se agachó. Había esperado el momento indicado para sorprenderlo.
- Buenas tardes –respondió contrariado- hay una plaga de hormigas en el barrio. Las muy desgraciadas me han atacado, creo que me han picado.
- Es cierto, ayer mi sobrina amaneció con una picadura de hormiga en la boca… -la vieja se disponía a contar toda su vida, Don Carlos estaba muy incomodo.
- Señora le ruego que me disculpe, será mejor que me vaya a un doctor, no quiero que esta picadura sea un problema en el futuro.
- Pero Don Carlos, faltaba decirlo, yo conozco al mejor doctor de la ciudad –respondió con malicia, le encantaba verlo desesperado.
- No se preocupe. Bueno me despido. Adiós –partió como un corredor de autos, tomó rápidamente la avenida San Juan y se perdió entre la calina.
Mientras caminaba trataba de recordar cada instante que pasó con la hormiga, ¿será esta tu última gota?, ¿será que ya descubriste por qué no lloras desde hace 35 años?, ¿será que por fin te vas ha sentir un humano y no, un invento de ti mismo? Pasó rápidamente por el lunapar que quedaba al lado de su casa, de manera que no era visto por el remolón de su amigo, ni por las Jaurías, Grupos de prostitutas. Subió apresuradamente las escaleras. Al llegar a su departamento se encerró, fue corriendo a su estudio y comparó todas las botellas, ninguna era tan clara y cristalina como la de la hormiga. Cayó rendido en su silla, todo lo que había aprendido con las demás lágrimas, ahora eran algo insignificante. Se levantó y trató de aceptar su destino, tomo su saco y volvió a salir. Su colección trataba de entender su alma, las lágrimas derramadas por otros podían llevarlo a descubrir su identidad, pero no sirvieron de nada, eran formas y recuerdos de gente que no era como él. Ahora se daba cuenta de su equivocación, empeñado en entenderse, desperdició toda su vida tratando de entender a los demás. Ya no podía regresa, en sus 52 años su alma tan era fría cono el hielo, además de podrida por vivir de lo externo.
La noche ya había llegado, Don Carlos caminaba sin rumbo por las calles sin nombre, al levantar la vista vio como un ladrón mataba a Juana la vieja en frente de su propia sobrina, la niña lloraba desconsolamente aferrada a la vieja y el ladrón corría con todo lo que pudo agarrar. Don Carlos pasó indiferente, de pronto sintió líquido recorrer por sus mejillas, pero no eran sus lágrimas, eran las de la hormiga.
Aún aturdido por la experiencia, llena de conocimientos y emociones, se levantó con dificultad y gritó al cielo:
- ¡Hormiga del mal, tus lágrimas caen en mi corazón como gotas de agua hirviendo!
- Don Carlos. ¿Se encuentra usted bien? –Juana la vieja chismosa de la cuadra, había presenciado todo desde que Don Carlos se agachó. Había esperado el momento indicado para sorprenderlo.
- Buenas tardes –respondió contrariado- hay una plaga de hormigas en el barrio. Las muy desgraciadas me han atacado, creo que me han picado.
- Es cierto, ayer mi sobrina amaneció con una picadura de hormiga en la boca… -la vieja se disponía a contar toda su vida, Don Carlos estaba muy incomodo.
- Señora le ruego que me disculpe, será mejor que me vaya a un doctor, no quiero que esta picadura sea un problema en el futuro.
- Pero Don Carlos, faltaba decirlo, yo conozco al mejor doctor de la ciudad –respondió con malicia, le encantaba verlo desesperado.
- No se preocupe. Bueno me despido. Adiós –partió como un corredor de autos, tomó rápidamente la avenida San Juan y se perdió entre la calina.
Mientras caminaba trataba de recordar cada instante que pasó con la hormiga, ¿será esta tu última gota?, ¿será que ya descubriste por qué no lloras desde hace 35 años?, ¿será que por fin te vas ha sentir un humano y no, un invento de ti mismo? Pasó rápidamente por el lunapar que quedaba al lado de su casa, de manera que no era visto por el remolón de su amigo, ni por las Jaurías, Grupos de prostitutas. Subió apresuradamente las escaleras. Al llegar a su departamento se encerró, fue corriendo a su estudio y comparó todas las botellas, ninguna era tan clara y cristalina como la de la hormiga. Cayó rendido en su silla, todo lo que había aprendido con las demás lágrimas, ahora eran algo insignificante. Se levantó y trató de aceptar su destino, tomo su saco y volvió a salir. Su colección trataba de entender su alma, las lágrimas derramadas por otros podían llevarlo a descubrir su identidad, pero no sirvieron de nada, eran formas y recuerdos de gente que no era como él. Ahora se daba cuenta de su equivocación, empeñado en entenderse, desperdició toda su vida tratando de entender a los demás. Ya no podía regresa, en sus 52 años su alma tan era fría cono el hielo, además de podrida por vivir de lo externo.
La noche ya había llegado, Don Carlos caminaba sin rumbo por las calles sin nombre, al levantar la vista vio como un ladrón mataba a Juana la vieja en frente de su propia sobrina, la niña lloraba desconsolamente aferrada a la vieja y el ladrón corría con todo lo que pudo agarrar. Don Carlos pasó indiferente, de pronto sintió líquido recorrer por sus mejillas, pero no eran sus lágrimas, eran las de la hormiga.
