viernes, 19 de octubre de 2007

Gota Externa

Existe un hombre que colecciona lágrimas. Comenzó en la adolescencia y ya tiene 52 años, pero su colección, basada en ciertos criterios –secretos aunque seguramente rigurosos- no es grande. Un día mientras se dirigía a su hogar, vio como un insecto áptero yacía agonizante en una vereda de la calle Identidad. Tal acontecimiento lo estremeció, la hormiga estaba partida en dos, se movía con dificultad y en los últimos segundos de su existencia, lloraba de su irremediable destino. Sin pensarlo dos veces, Carlos Boloña se arrodilló y trató de apreciar el acontecimiento, sacó de su bolsillo su fiel frasco de vidrio y en el depositó las minúsculas lágrimas.
Aún aturdido por la experiencia, llena de conocimientos y emociones, se levantó con dificultad y gritó al cielo:

- ¡Hormiga del mal, tus lágrimas caen en mi corazón como gotas de agua hirviendo!
- Don Carlos. ¿Se encuentra usted bien? –Juana la vieja chismosa de la cuadra, había presenciado todo desde que Don Carlos se agachó. Había esperado el momento indicado para sorprenderlo.
- Buenas tardes –respondió contrariado- hay una plaga de hormigas en el barrio. Las muy desgraciadas me han atacado, creo que me han picado.
- Es cierto, ayer mi sobrina amaneció con una picadura de hormiga en la boca… -la vieja se disponía a contar toda su vida, Don Carlos estaba muy incomodo.
- Señora le ruego que me disculpe, será mejor que me vaya a un doctor, no quiero que esta picadura sea un problema en el futuro.
- Pero Don Carlos, faltaba decirlo, yo conozco al mejor doctor de la ciudad –respondió con malicia, le encantaba verlo desesperado.
- No se preocupe. Bueno me despido. Adiós –partió como un corredor de autos, tomó rápidamente la avenida San Juan y se perdió entre la calina.

Mientras caminaba trataba de recordar cada instante que pasó con la hormiga, ¿será esta tu última gota?, ¿será que ya descubriste por qué no lloras desde hace 35 años?, ¿será que por fin te vas ha sentir un humano y no, un invento de ti mismo? Pasó rápidamente por el lunapar que quedaba al lado de su casa, de manera que no era visto por el remolón de su amigo, ni por las Jaurías, Grupos de prostitutas. Subió apresuradamente las escaleras. Al llegar a su departamento se encerró, fue corriendo a su estudio y comparó todas las botellas, ninguna era tan clara y cristalina como la de la hormiga. Cayó rendido en su silla, todo lo que había aprendido con las demás lágrimas, ahora eran algo insignificante. Se levantó y trató de aceptar su destino, tomo su saco y volvió a salir. Su colección trataba de entender su alma, las lágrimas derramadas por otros podían llevarlo a descubrir su identidad, pero no sirvieron de nada, eran formas y recuerdos de gente que no era como él. Ahora se daba cuenta de su equivocación, empeñado en entenderse, desperdició toda su vida tratando de entender a los demás. Ya no podía regresa, en sus 52 años su alma tan era fría cono el hielo, además de podrida por vivir de lo externo.
La noche ya había llegado, Don Carlos caminaba sin rumbo por las calles sin nombre, al levantar la vista vio como un ladrón mataba a Juana la vieja en frente de su propia sobrina, la niña lloraba desconsolamente aferrada a la vieja y el ladrón corría con todo lo que pudo agarrar. Don Carlos pasó indiferente, de pronto sintió líquido recorrer por sus mejillas, pero no eran sus lágrimas, eran las de la hormiga.

Sólos

Todos mis estudios me favorecían, era el momento indicado y necesario, ya había vivido demasiado tiempo sumido en la desesperación por hacer algo que trascienda a todo, incluso a mi mismo a mí mismo. Estaba decidido.
Sandra me miraba ajena e indispuesta, presentía lo inevitable, pero yo sabía que todo el amor que habitaba en los dos era suficiente. La necesitaba. Si iba hacer esto, ella debía estar a mi lado acompañándome. La verdad era que a pesar del amor, la fuerza que producía en mí su presencia, me engrandecía.
Todo estaba planeado, al desaparecer el sol la esperaría en La Bajada; debía traer todo el dinero que pudiera robar de sus padres, una valija liviana y sobre todo su sonrisa, que me mataba cada vez que nos reíamos e una de las sillas de La Bajada. Mario, el dueño, sabía de mis pensamientos, pero no diría nada, tal vez porque yo representaba en él un sueño que nunca pudo realizar y debido a ello gastaba los últimos días de su vida viendo cómo la gente vive fuera de esa ventana, mientras el sólo es un observador.

- ¿Trajiste todo? –le dije con angustia.
- Sí, aunque no tenemos mucho tiempo –respondió agitada por las seis cuadras de caminata. –Había olvidado por completo que hoy llegaban a la mansión todos mis primos. Mis padres llegaron mucho más rápido de lo que creí.
- Pero, ¡Se dieron cuenta!
- Tranquilo tonto, todo está bien. Después de todo mis padres jamás se imaginarán que he salido para no volver –rió como siempre lo hace para ocultar su preocupación.
- Lo siento niña, es solo que todo esto me está afectando. Justo ahora. No me hagas caso. Hay que ir avanzando. Carajo, no puedo ceder ahora que toda ya está hecho.
- ¡Oye!, mírame a los ojos, si vamos hacer esto, lo tenemos que hacer completamente seguros. ¿Qué te pasa?
- Sandra, todo está bien. El hecho de que nos vamos hoy me ha afectado, es como si la idea de la huida recién me ha golpeado –me abrazó de tal manera que sentí su corazón rozarse con el mío. En ese momeno la amaba más, mujer valiente, eres mi complemento.
- Tu no crees que yo me siento igual. Arturo, yo voy a estar a tu lado, no importa que pase más adelante, no importa si tenemos que regresa derrotados. ¿Cómo sabremos qué pasará, si no lo intentamos amor?

Emprendimos el viaje. Las palabras de Sandra habían llegado el fondo de mi subjetividad, me dio el empujón que necesitaba. Mi caballo era viejo y perezoso, pero no teníamos otro medio.

- Arturo, este caballo es una mierda –me miró con su mirada pícara que me excitaba.
- Ya no reclames. Eulogio pasó por muchas cosas en su corta vida, aparenta ser viejo, pero por dentro aún es capaz de darse unas escapadas con unas “caballas”. Además, no se suponía que siempre ibas a estar a mi lado –volvió a reír. No pude aguantar más, tanto atrevimiento.
- Sabes que me gustaría.
- ¿Y que puede ser?, tonto.
- Ver este hermoso paisaje con la compañía de Rosa. Tú sabes, ella es tan atractiva.
- ¡Idiota!

Me miraba con esa rabia, tan comprometedora. Ahora solo quería tomarla entre mis brazos y disfrutar de la primera locura de nuestro viaje. A ella le encantaba sentirse de esa manera, sabía que venía lo mejor.

- Espera mi galán. Ahora no. Esperemos a llegar a la posada.
- Niña. Para cuando estemos allá, ya me hab´re suicidado si no te tengo complementada conmigo.
- Arturo. ¡No!
- Vamos niña yo sé que lo quieres –la tomé entre mis brazos y la besé.

No llegamos a la posada sino hasta la mañana siguiente. Bastó el paisaje para se felices los dos. Fuera de todos, fuera del mundo…