Luego de matar a la Madre Superiora, Sor Inés intento cargar el cadáver hasta la habitación de, su hasta ahora amiga, Sor Rosa. A pesar de su amistad de muchos años, Sor Rosa había actuado muy injustamente en la sentencia de la prostituta que se encubrió en el convento. Sor Inés estaba convencida de que el maltrato hacia la joven dueña de la noche era condenable, por lo tanto, aquella impresión racional y pura que Sor Rosa le trasmitía, había desaparecido. La prostituta llegó un 13 de diciembre de 1973, estaba golpeada y difícilmente hablaba, Sor Inés que regaba las rosas todas las mañanas la vio y la auxilió, sabía que si la presentaba ante la madre superiora, su destino sería la indiferencia y, por ende, la muerte. Ella y Dios guardarían el secreto, la haría pasar por su sobrina recién llegada de la Selva, sólo necesitaba cambiarla y limpiarla. La prostituta aún inconsciente por los golpes, olía a alcohol y la ropa apenas le cubría el cuerpo. Entre sus tiernas piernas descendía un líquido que se tornaba rojizo conforme Sor Inés procedía a bajarle la truza. Violación, no cabía duda. Sor Inés trató de no pensar en el infierno que vivía la muchacha, sólo atinó a rogarle al señor que nadie la viera entrando con la muchacha entre sus brazos.
Todavía estaba en la mente de Sor Inés el rostro lleno de pureza que trasmitía Susana. Nunca experimentó tal acontecimiento, comparable solamente con los cuadros renacentistas a imagen de Jesús. La chica que llegó con sus últimas fuerzas al convento; era ahora parte de su vida. Desde el momento que Susana giró su rostro agonizante y la miró a los ojos, había sentido que tantos años dedicados al cristianismo por fin daban frutos. Le cambió la vida.
Susana era una niña tierna y amigable; a pesar de sus 17 años, era muy eficiente con las labores en el convento. Con el tiempo llegó a ser muy admirada por sus dedicadas oraciones, que pronunciaba en voz alta, cada martes de misa. Sor Inés estaba orgullosa, su relación era magnifica, pero le preocupaba el miedo en sus ojos. ¡Tus ojos! Susana, fueron tu talón de Aquiles, no pudiste actuar cuando Sor Rosa descubrió tu truza. Esa truza que guardaste a pesar de que Sor Inés te advirtió que la quemaras. La guardaste llena de los olores del pasado, tal vez para que nunca olvidaras lo que viviste, tal vez para que cada vez que te sentías feliz la vieras y llores. Sor Rosa nunca escuchó a Sor Inés, fue corriendo donde la Madre Superiora y le mostró la "prenda del diablo", como así la llamaba.
Susana fue lastimada y tratada como un animal, la encerraban todas las noches en el sótano y sólo comía una vez al día. Con el tiempo su frágil cuerpo perdió la lucha por la existencia y murió el 2 de agosto de 1974. Sor Inés lloró cada noche después de la injusticia, no podía creer tal falta de sensatez de las monjas, ellas sólo pensaban con Biblia en mano y no racionalmente. Sor Rosa meditó mucho tiempo lo inevitable. Era la única forma, era lo necesario para que ya no sienta dolor en el pecho, para que su alma sea pura de nuevo. Habiendo recostado el cuerpo de la Madre Superiora en la cama de Sor Rosa, se escondió detrás de la puerta y esperó impaciente su llegada. Sor Rosa al ver el cuerpo de la Madre Superiora tirado en su dormitorio ingresó torpemente, la apuñalada la mató eficazmente, la punta de la cruz que le regaló a Susana, ingresó directamente al corazón. Mientras se recomponía del asesinato nerviosa y entumecida, vio como el alma de Susana descendía del cielo, entró por la ventana, la abrazó y le dijo: Vamos Mamá. Al entrar las demás monjas vieron como la virgen María y Jesús subían al cielo.

