viernes, 21 de noviembre de 2008

Cómo poder juzgarlos...

Qué extraños son los espejos ¿no? Hoy me percaté de eso gracias a Yuyanapaq.

En los pocos segundos que demoró el ascensor para subir hasta el sexto piso, trataba de recordar aquella vez en que fui a ver la misma exposición en Chorrillos, el 2004. Sin embargo, la ilusión de verme clonado en los reflejos de los espejos que rodeaban el interior de mi rápido trasporte, me desconcentraron. Estaba sólo ahí adentro. Mis otros yo me juzgaban con la mirada, otros me sonreían indiferentes y otros rechazaban mi presencia. Estaba sorprendido. De pronto, las puertas se deslizaron y me dejaron en un laberinto. De vuelta a la realidad, trataba de relacionarme con el espacio. Sabía que era el lugar correcto (Museo de la Nación). No obstante, la inmensidad que se presiente sólo en la recepción es increíble. Todo es frío: las paredes, el color, los pasadizos, el ruido…

-Disculpe señor, se empieza por ahí -dijo la recepcionista, al ver mi inmovilidad.

Empecé con la realidad otra vez. Una gran fotografía me esperaba a la entrada. Creo que es Belaúnde, no lo sé, una persona recoge su fotografía, la enrolla a pesar de la destrucción de su entorno, a pesar de la desolación de sus ojos… Parece decepcionado, pero igual recoge todo lo que se pueda guardar. Vuelve a empezar. Empieza de nuevo.

Luego de la profunda fotografía, noté que ha mi izquierda se juntaban una serie de palabras que contenían un prometedor mensaje: “Mírenlos, grábenlos en su memoria para que estos hechos no sucedan nuevamente: una víctima ya era demasiado…” Efectivamente, las palabras impresas de Beatriz Merino son la antesala a lo desconocido. Eran la introducción al terror y la indiferencia del MRTA y Sendero Luminoso.

Entré a la primera sala. Esta contenía una línea de tiempo que explicaba todo el proceso de sufrimiento que empezó en 1980, luego de que quemaran 11 ánforas electorales en Chuschi. Ese fue el comienzo. Luego estaba la foto del perro. El pobre animal estaba colgado a un poste de luz, el policía lo bajaba y la gente miraba pasmada. La línea cumplía su función, la de intentar juzgar a todas la personas que obraron mal y de vanagloriar a las que obraron bien, sin ninguna explicación contundente. No me extraño para nada ver que la última parte de la línea estaba dedicada a Toledo. En fin. Todo es política, incluso aquí. De pronto, llegaron los uniformados. Alrededor de 50 cadetes militares llenaron el espacio. Me gustó la idea de que el general los obligara a ver la exposición, es necesario. Todos estaban rectos y apurados, ni siquiera terminé de ver la línea de tiempo y, para mi sorpresa, ya se habían ido, ¡ni 15 minutos!

Empecé a ver las fotos. La crudeza era estremecedora: muerte, caos, destrucción… De repente empecé a ver imágenes de jóvenes como yo, algunas leyendas decían que eran jóvenes, pero la verdad era que eran niños. Nunca pensé que la primera característica diferente de las fotos es que te encuentras con que muchos de los fotografiados son jóvenes. Uno estaba rodeado de gasolina, estaba armando bombas cuando lo agarraron. El otro estaba siendo metido a la fuerza dentro de una maletera. Era universitario, de la Católica. Veía en sus rostros vacío, veía miedo. ¿Cómo poder juzgarlos? ¿Qué hubiera hecho yo? si hubiera nacido en Ayacucho, San Matín o Huancavelica. ¿Cómo entenderlos? No podía, por más que las fotos rompieran la barrera del tiempo y me hicieran sentir que estaba ahí.

Algo triste, llegue a la foto de Abimael Guzmán. Estabas enjaulado, era la única forma de que demostraran que ya no podías hacer nada. Tus gritos no sirven de nada, estás a rayas. Nadie te escucha sólo ven las rejas que te rodean. Seguí caminado y me encontré con Maria Elena Moyano. Me contó que después de cuidar a sus hijos, salía a las calles rápida y entusiasta, a organizar a Villa el Salvador. Se le notaba fuerte. María tu hiciste lo correcto, cuando todos se hacían de la vista gorda y mira lo que te pasó, Sendero te asesinó cobardemente. Me despedí de María Elena y me encontré con Juana Sánchez Maldonado. Su esposo murió en Puerto Maldonado. Después de enterarse, se quería morir. Tenía tres hijos pequeños y estaba esperando a uno más. Tubo que esperar un mes para saber que su esposo había muerto. Se le notaba triste al igual que todas las personas que lanzaban su testimonio en la sala 22. Era hora de escuchar…

Increíble. En la sala donde dejan frases. Había una que decía: “Soy de la Lima ajena, pero hoy empieza mi duelo”. Estaba sentado mirando a Lima desde el gran ventanal, pero ya no me sentía ajeno.

Volví al ascensor, pero ya nadie me miraba. Era otro supongo.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Un día en la universidad

Lo mira sin atención, lo atiende con hipocresía, lo sigue de derecha a izquierda como un paneo de cámara de televisión. Si el profesor dice algo, ella muestra su afirmación balanceando la cabeza. Él nunca le pregunta, él nunca le responde, él la conoce, es una más, es una menos.

Sentada en su carpeta espera con ansias el término de la clase. Desde su cintura hasta su cabeza, su cuerpo es un aparato rígido e inamovible. No se permite pestañar ni mucho menos cabecear, está en firmes todo el tiempo. Las manos están delicadamente apoyadas en la mesa, forman un semitriangulo y esperan como un reloj el instante preciso para moverse sin alteraciones ni brusquedades. La parte inferior es otra historia, las piernas están desparramadas en el piso, se mueven sin ritmo ni propósito, sólo tratan de escapar a la falta de libertad que hay en la clase. Es la antítesis del tronco: las rodillas chocan sin cesar, los pies bailan al ritmo de su música interior. Pareciera que el piso es lava ardiendo y que con solo apoyarte más de tres segundo en el es suficiente para que te quemes bajo el feroz volcán que es la universidad. Pero ella conoce su rutina, esa rutina liberadora. Su lugar en el salón, ni tan adelante ni tan atrás. Ella finge desde que llega y finge con ella misma.

El profesor recorre el salón, necesita hacerlo, sino pierde, sino se aleja. Pasa por su carpeta, la mira de reojo, ella lo hace desconcentrar y a él no le gusta eso. Sabe lo que hace, la conoce, ha visto a muchas otras hacer lo mismo, quiere hacer algo, pero no puede. Resignado, mira el reloj y dice: “Ya puede salir”. De pronto, ella se levanta, se acomoda su vestimenta, recoge sus cosas y emprende la carrera. Sale del salón, mira el ascensor, este se demora mucho, cambia de decisión y opta por las escaleras. No se permite demoras, baja con velocidad, una vez afuera del edificio se distingue de los demás, nunca da curvas, siempre va directo a la salida. Sin embargo, regresa. Parece haber olvidado las benditas copias, y si no las saca hoy, debido a su pequeño lapsus, entonces tendrá que desperdiciar su tiempo el día siguiente. No lo duda y las saca, luego vuelve a salir y se pierde entre la gente, sola y feliz.