Lo mira sin atención, lo atiende con hipocresía, lo sigue de derecha a izquierda como un paneo de cámara de televisión. Si el profesor dice algo, ella muestra su afirmación balanceando la cabeza. Él nunca le pregunta, él nunca le responde, él la conoce, es una más, es una menos.
Sentada en su carpeta espera con ansias el término de la clase. Desde su cintura hasta su cabeza, su cuerpo es un aparato rígido e inamovible. No se permite pestañar ni mucho menos cabecear, está en firmes todo el tiempo. Las manos están delicadamente apoyadas en la mesa, forman un semitriangulo y esperan como un reloj el instante preciso para moverse sin alteraciones ni brusquedades. La parte inferior es otra historia, las piernas están desparramadas en el piso, se mueven sin ritmo ni propósito, sólo tratan de escapar a la falta de libertad que hay en la clase. Es la antítesis del tronco: las rodillas chocan sin cesar, los pies bailan al ritmo de su música interior. Pareciera que el piso es lava ardiendo y que con solo apoyarte más de tres segundo en el es suficiente para que te quemes bajo el feroz volcán que es la universidad. Pero ella conoce su rutina, esa rutina liberadora. Su lugar en el salón, ni tan adelante ni tan atrás. Ella finge desde que llega y finge con ella misma.
El profesor recorre el salón, necesita hacerlo, sino pierde, sino se aleja. Pasa por su carpeta, la mira de reojo, ella lo hace desconcentrar y a él no le gusta eso. Sabe lo que hace, la conoce, ha visto a muchas otras hacer lo mismo, quiere hacer algo, pero no puede. Resignado, mira el reloj y dice: “Ya puede salir”. De pronto, ella se levanta, se acomoda su vestimenta, recoge sus cosas y emprende la carrera. Sale del salón, mira el ascensor, este se demora mucho, cambia de decisión y opta por las escaleras. No se permite demoras, baja con velocidad, una vez afuera del edificio se distingue de los demás, nunca da curvas, siempre va directo a la salida. Sin embargo, regresa. Parece haber olvidado las benditas copias, y si no las saca hoy, debido a su pequeño lapsus, entonces tendrá que desperdiciar su tiempo el día siguiente. No lo duda y las saca, luego vuelve a salir y se pierde entre la gente, sola y feliz.
Sentada en su carpeta espera con ansias el término de la clase. Desde su cintura hasta su cabeza, su cuerpo es un aparato rígido e inamovible. No se permite pestañar ni mucho menos cabecear, está en firmes todo el tiempo. Las manos están delicadamente apoyadas en la mesa, forman un semitriangulo y esperan como un reloj el instante preciso para moverse sin alteraciones ni brusquedades. La parte inferior es otra historia, las piernas están desparramadas en el piso, se mueven sin ritmo ni propósito, sólo tratan de escapar a la falta de libertad que hay en la clase. Es la antítesis del tronco: las rodillas chocan sin cesar, los pies bailan al ritmo de su música interior. Pareciera que el piso es lava ardiendo y que con solo apoyarte más de tres segundo en el es suficiente para que te quemes bajo el feroz volcán que es la universidad. Pero ella conoce su rutina, esa rutina liberadora. Su lugar en el salón, ni tan adelante ni tan atrás. Ella finge desde que llega y finge con ella misma.
El profesor recorre el salón, necesita hacerlo, sino pierde, sino se aleja. Pasa por su carpeta, la mira de reojo, ella lo hace desconcentrar y a él no le gusta eso. Sabe lo que hace, la conoce, ha visto a muchas otras hacer lo mismo, quiere hacer algo, pero no puede. Resignado, mira el reloj y dice: “Ya puede salir”. De pronto, ella se levanta, se acomoda su vestimenta, recoge sus cosas y emprende la carrera. Sale del salón, mira el ascensor, este se demora mucho, cambia de decisión y opta por las escaleras. No se permite demoras, baja con velocidad, una vez afuera del edificio se distingue de los demás, nunca da curvas, siempre va directo a la salida. Sin embargo, regresa. Parece haber olvidado las benditas copias, y si no las saca hoy, debido a su pequeño lapsus, entonces tendrá que desperdiciar su tiempo el día siguiente. No lo duda y las saca, luego vuelve a salir y se pierde entre la gente, sola y feliz.

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