Todas las mañanas, el coronel Nicolás Márquez Mejía lustraba sus puntiagudos zapatos negros, mientras el aroma de la mañana lo terminaba envolviendo en la calidez de Aracataca, un pequeño pueblo Colombiano. Su esposa, Tranquilina, ya se encontraba preparando el desayuno y el coronel empezaba a caminar por los largos trechos de la hacienda. Contaba sus pasos porque sabía que al joven nieto, Gabito, no se lo podía despertar antes de las de las 7.- Levántate hijito, que conservadores no somos- le dijo el coronel al oído- levántate hijito que el reloj nos persigue.
La mañana ya era calurosa e imparable, toda la naturaleza empezaba ha moverse y ha organizarse. El coronel amaba esa sensación de serenidad y simpleza. Ese gusto por la sabiduría de la rutina. Ese gustos por lo progresión de lo imperturbable.
Una vez despierto el nieto, ambos se sentaron a la mesita de madera ubicada en el centro de la cocina, sólo comían ahí en los desayunos, Doña Tranquilina, prefería la luminosa calidez del lugar y sobretodo los interminables olores que rodeaban al cuartillo. Gabito, aún niño, no se daba cuenta de la escena de fotografía y prefería tocar la mesita de madera. Le encantaba su textura, su relieve, ese reboteo de sus dedos al pasar la mano por las verticales líneas de caoba.
Terminado el desayuno, el coronel, cuál reloj, se levantaba y dejaba a Gabito ayudando a su abuela lavando los platos, pero esta vez el abuelo pidió al joven que vaya a jugar al jardín. La madre de Gabito, Luisa Santiaga Márquez de García, hija del coronel con la doña, regresaba a Aracata después de abandonar a su primer hijo.
Luisa llegó en el tren. Llegó con maletas ligeras y zapatos usados. El coronel aún le guardaba rencor por ese matrimonio apresurado y lejano, se habían ido dejando al niño sin el mínimo recuerdo de familia. Tantas cosas sabía el coronel, pero aquel día, no tenía la menor idea de que decirle a Gabito. Aquel día que empezó con maletas ligeras y Gabito yendó a jugar después del desayuno.

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