miércoles, 18 de noviembre de 2009

A taparles la boca.

Al llegar al Perú en 1993 los supuestos conocedores de fútbol te miraron por encima del hombro. Decían que eras un paquete más, un extranjero de equipo desconocido, un viejo acabado y para colmo, pelucón (contribuyendo con el viejo estereotipo de gaucho mediocre). Tanto te ignoraban que incluso te confundían con argentino a pesar de que eras uruguayo.

No eras un volador de aquellos, pero tu templanza y seguridad debajo de los postes cambiaban partidos. Achicabas con justeza, ordenabas desde atrás e inspirabas respeto.

“Ese vienen a estafarnos, seguro no tapa nada” decían. Valgan verdades, criticar a los extranjeros era el único desfogue que tenían algunas periodistas resentidos de lo mediocre del fútbol nativo y de lo mediocres que esto los convertía. Lo cierto es que en Sporting Cristal la rompiste. Lograste que la camiseta celeste se volviera temible para cualquier equipo, vestiste la celeste con hidalguía, ganaste tres campeonatos consecutivos y estuviste a punto de ser campeón de la Libertadores.

Todo iba bien. Ya de uruguayo no tenías nada y la hinchada había olvidado el tiro rasante que no pudiste tapar en Velo Horizonte, frente al Cruzeiro. Fue predecible que aceptaras nacionalizarte peruano. Y fue aún más predecible que seas el arquero titular. Necesitábamos empatar con chile en Santiago, te metieron cuatro.

Dudaron de tu capacidad. No lograste redondear esas actuaciones, pero si diste Balerio, diste mucho. Porque desde aquella vez en Santiago, no tenemos ni la mediocre felicidad de un casi – casi.

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