miércoles, 18 de noviembre de 2009

Macho utensilio

¿Cómo encontrarle el gusto a un tenedor? La aventura de los utensilios de concina es un reto para cualquier hombre contemporáneo lleno de masculinidad. Para empezar, te encuentras con que el espacio te rechaza por donde vayas. Ves muchas mujeres rondando los anaqueles y secciones de productos con tanta delicadeza y escrutinio, que te sientes obligado a aparentar conocimientos sobre vidrios y metales. Eres un outsider despreciable, todas saben que no sabes nada, todas creen que estás pasando un rato. Sin embargo, estas primeras impresiones son naturales y pasajeras. No es conveniente perder la fe tan rápido en esta aventura, ya que si lo haces no podrás disfrutar los demás mecanismos de repulsión hacia tu persona.

Volvamos a empezar: la tienda Ripley que está en el Jockey Plaza se diferencia por su variedad de ofertas en los utensilios. Por donde vayas, en los 10 por 10 metros cuadrados, te darás cuenta de que hay un sin número de cosas que no necesitas: servilletas grandes, cuchillos con forma de espada Talibán, vasos para extractos, copas de agua y ollas del tamaño de una taza. Me acerco, las miro, las examino y me encuentro que todas dicen en la parte de abajo “NTO Importado por tiendas de Departamento Ripley – HECHO EN CHINA”. Increíble, todo aquí es chino. Si había un lugar donde te pudieras alejar, Shangai tenía que ser la zona de aparejos para el hogar. Suponía que la variedad de marcas sería mayor, pero todo aquí, todo se escribe con N-T-O – HECHO EN CHINA.

Algo decepcionado, empecé a ver los colores de la marca. Lo vivo de su azul, rojo y verde te roban una sonrisa, pero al poco tiempo te llevan a un mundo de monotonía, sólo regido por esos tres colores. Por donde voltees ves uno de ellos, no hay forma de escapar. Estás en el país de la maravillas, todo parece estar pintado con plumón. Algo contrariado, trato de alejarme, pero me revientan en los ojos luces plateadas centellantes que me dejan ciego por un instante. Es la zona de los tenedores, cuchillos y cucharas que ayudadas por los potentes reflectores son capaces de romperte la cornea. Algo malherido me eternizo al ver a las señoras. Me recuerdan a mi abuela, tan delicadas y elegantes, disfrutando los últimos días de sus vidas viendo tenedores. Luego aparecen las doñas, llenas de dinero ellas y dispuestas a reventar la tarjeta de Mauricio. Una le dice a la otra: “Este juego de parrilla es perfecto para el gordo”. La otra, sin siquiera tomar una nueva bocanada de aire, le responde: “A Raúl le encantan estas cosas, le quedaría muy bien el overol”. Sin embargo; ni el gordo, ni Raúl están ahí, y no sé porque por qué siento que no saben un carajo de freír carnes, al igual que yo.
Me acerco a una de ellas, finjo que me interesa el set de cuchillos de doble filo que viene con la parrilla, le coqueteo sin querer queriendo. Funciona. Me mira, luego me pregunta: ¿te lo puedes llevar armado, no es cierto? Totalmente pasmado, sólo atino a mirar detrás de las parrillas. Hay castillos de cajas listas para ser armadas por uno mismo Le respondo negativamente y me acerco a ver la hoja de instrucciones para armarlas. Son la mitad de una hoja A4 y mal impresa, no se ve nada legible. La supuesta parrilla parece una tienda de Boy Scout. No puede ser, me habían robado, en la única parte donde me podría haber sentido identificado, no fue así. Lo más rescatable de la zona de parrilla es que, las señoras te ven bien.

Siguiendo mi rumbo, llegué a la zona de platos y cristales. En lugar de notar diferenciación, sólo ves modelos reducidos y aún más reducidos, lo que habla de la gran creatividad de los diseñadores. De pronto aparecen las novias, tan entusiasmadas y contentas. Te sorprendes. ¡El matrimonio se te cruza por la cabeza dentro de Ripley! Nada que un buen sacudón de cabeza solucione, pero estando ahí, lo mejor era irse.

0 comentarios: